
Hay una fuerza dentro de ti mucho más sabia de lo que imaginas.
Cuando aprendes a escucharla, empiezas a vivir con más verdad, más confianza y más propósito.
Ese descubrimiento cambió mi vida. Y fue el origen de Escuela Energétika.
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procesos de cambio acompañados
Cientos
de facilitadores formados
Mi camino
Todo empezó mucho antes de crear una escuela. Antes de acompañar a otras personas, tuve que recorrer mi propio camino. Y no fue un camino fácil.
Crecí en una familia donde el amor convivía con la dureza. Con autoritarismo, con castigo, con exigencia. Y aprendí, desde muy pequeña, a cargar con emociones que no sabía cómo sostener. Esa mochila —la que no elegí, la que simplemente heredé— se me hizo tan pesada que, siendo apenas una adolescente, mi dolor terminó volviéndose contra mi propio cuerpo. Pasé años luchando con un trastorno alimentario, atrapada en un sufrimiento del que no sabía cómo salir.
Durante mucho tiempo, lo único que yo quería era dejar de sufrir.
Esa búsqueda —desesperada al principio, más consciente después— me llevó a buscar herramientas, respuestas, maestros. A querer entender qué me pasaba y cómo sanarlo. Sin saberlo, ahí empezaba mi verdadero camino.
Sané de muchas cosas cuando la vida me trajo el amor más grande: ser madre. En la maternidad encontré un sentido inmenso, una razón, un amor que llenó espacios que llevaban demasiado tiempo vacíos. Fue un renacer.
Pero la vida, más adelante, volvió a pedirme valentía. Llegó un momento en que tuve que tomar una de las decisiones más difíciles que he tomado nunca: elegir un camino distinto al que conocía, aun con miedo, aun sin apoyo, aun teniendo que enfrentarme a la soledad que tanto temía. Elegí no repetir los patrones que había heredado. Elegí, por mí y por mi hija, una vida más coherente con quien de verdad soy. Y aunque me costó muchísimo, hoy sé que fue uno de los actos de amor propio más importantes de mi vida.
Cuando el cuerpo me obligó a parar
Durante muchos años estuve en trabajos que no me representaban. Los hacía porque era lo que tocaba, lo que se suponía que debía hacer. Pasé una década como funcionaria, y llegué a estar en un entorno laboral muy tóxico, donde lo pasé realmente mal. Tenía ansiedad, no dormía por las noches, sentía un vacío enorme. Por fuera, todo parecía estable. Por dentro, yo sabía que ese no era mi camino.
Así que, en paralelo a ese vacío, empecé a buscarme. Lo primero que hice fue formarme en psicoterapia corporal gestáltica: un trabajo precioso que libera, a través del cuerpo y del movimiento, las corazas y los bloqueos que vamos acumulando durante toda la vida. Fue mi primera gran puerta, y hoy sigue siendo una de las bases de mi forma de acompañar. A partir de ahí no paré: meditación, mindfulness, retiros, trabajo con la energía. Y, a la vez, compaginaba como podía otros trabajos que sí me hacían sentir viva, acompañando a través del cuerpo y el movimiento. Buscaba, sin saberlo del todo, volver a mí.
Y entonces la vida me paró. En seco. Llegó una operación, y con ella, la obligación de detenerme y mirar de frente lo que llevaba tiempo sabiendo: que no quería seguir donde estaba. Ese parón me dio el valor de empezar a dar pasos hacia mi camino. Pero llegó una segunda operación, y con ella el COVID. Los espacios donde trabajaba cerraron, me quedé sin ingresos, atravesé una época económicamente muy dura. Fue durísimo. Y aun así, algo dentro de mí sabía que no había vuelta atrás.
Tuve que volver, por un tiempo, a mi antiguo trabajo. Y fue justo eso lo que me dio la última certeza: al volver, sentí con todo mi cuerpo un «por aquí no es». Esta vez lo cerré bien. Definitivamente. Elegí, de una vez, confiar en mi camino.
Volver a casa
En una de aquellas etapas de recuperación decidí formarme en integración social. En parte, porque en mi momento más difícil fueron precisamente unas integradoras sociales quienes me tendieron la mano, quienes me ayudaron cuando más sola y perdida me sentía. Y quise devolver eso: acompañar a otras mujeres que estuvieran atravesando lo que yo había atravesado.
Y entonces llegó a mi vida la energía Kundalini. Y fue como llegar a casa. Sentí, con una certeza que no había sentido nunca, que esto era a lo que había venido. No fue tanto aprender algo nuevo como recordar algo que siempre había estado en mí.
Justo en ese momento la vida me puso delante una de esas encrucijadas que lo cambian todo. Me ofrecieron un trabajo buenísimo de integradora social: estable, bien pagado, seguro. Todo lo que, sobre el papel, se supone que una debe querer. Y pasé unas semanas difíciles, decidiendo de verdad cuál era mi camino. Al final tomé la decisión más incierta, la más vertiginosa… pero la que me dictaba el corazón. Aposté por mi vocación en lugar de por la seguridad. Y ha sido una de las mejores decisiones de mi vida.
Con el tiempo llegaron más formaciones y más herramientas, que fueron dando forma a una manera propia de acompañar: Breathwork, Sanación Cuántica, trabajo energético, trabajo con la energía femenina y vital, y trabajo somático con formación específica en trauma y heridas (Somatic Experiencing®). Cada una amplió mi mirada. Pero el corazón siempre fue el mismo: mi propia historia, convertida en medicina para otras.
Y hoy
Hace poco, una nueva operación volvió a pararme. Y, como cada vez que el cuerpo me ha obligado a detenerme, he entrado de nuevo en ese espacio de silencio, de mirarme, de darle una vuelta a todo. He comprendido que mi misión sigue siendo la misma —acompañar a las personas a volver a sí mismas— pero que hoy la vivo desde un lugar distinto, más maduro, más sereno, más mío.
Porque en todos estos años he entendido a quién quiero acompañar de verdad. A esa persona que siente, muy dentro, que ha venido a algo más. Que lleva una sensibilidad, un don, una vocación… guardada, sin atreverse a sacarla. Que quizás está donde yo estuve: en una vida que no la representa, sabiendo que su camino es otro, pero sin encontrar el valor —o el permiso— para dar el paso.
A esa persona quiero decirle lo que a mí me habría encantado escuchar: que se puede. Que el miedo es normal, pero que no tiene que decidir por ti. Que dentro de ti ya está todo lo que necesitas, solo que aún no te atreves a confiar en ello.
Y mi misión, hoy, es doble. Por un lado, acompañarte a dar ese paso: a soltar la mochila, a recuperar la confianza, a atreverte a ser quien viniste a ser. Y por otro, ayudar a que muchas de esas personas descubran que su propósito es, precisamente, acompañar a otras. Que su herida también puede convertirse en su medicina.
Sueño con que este trabajo llegue al máximo de personas posibles. Con que, cada vez que alguien se atreve a volver a sí misma, inspire a otra a hacer lo mismo. Porque cuando una persona sana y se atreve, no cambia solo su vida: cambia la de todas las que la rodean. Y ese es el mundo que quiero ayudar a construir.
Porque nuestras heridas, cuando las miramos y las sanamos, pueden convertirse en nuestra mayor medicina. Y por eso, más que enseñarte una técnica, quiero acompañarte a recordar quién viniste a ser.


